El azar en la Fórmula 1

(Fuente foto de portada: coches.net)

Presuntamente, los campeonatos deportivos tienen como objetivo demostrar quién es el mejor en determinada disciplina. Pelear por ser el número 1 es de por sí un atractivo suficientemente grande, tanto para animar a la práctica del deporte como para verlo como espectador. Sin embargo, no hay una sola competición en la que la suerte, el azar o como quiera denominarse a ese conjunto de cosas sobre el que no se tiene control no tenga una cuota. Ahora bien, ¿cómo de importante ha de ser esta para producir un espectáculo atractivo a la par que justo? Permítannos divagar alrededor de la fortuna en la Fórmula 1.

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Más de una liga se ha ganado con un gol de rebote. Numerosos partidos de baloncesto se han decantado por un triple desde 20 metros sobre la bocina. Una bola que da en la cinta y pasa al otro lado ha dado varios Grand Slam. Y por supuesto, a más de un piloto se le ha roto la pieza más barata de su coche y ha tenido que retirarse cuando iba en cabeza. El deporte es competición, la competición deriva en igualdad y la igualdad sólo puede resolverse por el más pequeño de los detalles. Tan pequeño, en ocasiones, que entra dentro del difuso terreno llamado “suerte”. La concepción histórica del azar ha sido siempre la del conjunto de cosas cuyo resultado no puede predecirse, debido en casi todos los casos a las infinitas variables que habría que conocer. Si supiéramos la forma exacta de un dado, con su microtextura al detalle, la velocidad a la que se lanza, la composición del aire por el que se mueve, los coeficientes de rozamiento de la mesa sobre la que cae y todos los demás conceptos que influyen en dicho evento, sabríamos perfectamente qué número saldría. Pero como no los sabemos, está fuera de nuestro control. En ocasiones, el aparente azar era sólo desconocimiento, como la meteorología en algunos casos; otras veces, sólo queda el recurso de la estadística, y saber al menos cuál es la probabilidad de que todo se vaya al guano. Y por ello, nunca se puede cantar victoria hasta que, de veras, se ha conseguido. Ésa es la gracia del deporte también, ¿no?

¿Sería buena idea instalar aspersores en los circuitos de Fórmula 1… o el deporte perdería su seriedad?
(Fuente: desdelapelouse.wordpress.com)

En el caso concreto de la Fórmula 1, pero extrapolable a todos los deportes, se tiene como siempre la famosa disyuntiva: ¿deporte o espectáculo? La primera faceta hace referencia a la pura competición por ver quién es el mejor. Es, en el fondo, el motor de toda actividad deportiva. Sin embargo, Michael Schumacher demostró durante demasiados años que él era el número 1 y la gente no pareció del todo entusiasmada por ello. Las audiencias, especialmente en años como 2002, cayeron hasta el punto de que algunas cadenas dejaron de emitir algunas sesiones. Caso análogo al de Nigel Mansell 10 años antes, cuando el FW14B fue tan superior que aniquiló a la competencia. Por tanto, puede decirse que para que un deporte sea atractivo también ha de contar con alternativas. Que unas veces ganen unos y otras otros. Pero eso tampoco es la panacea: si hoy gana Mercedes por un minuto, al día siguiente arrasa Red Bull y al siguiente tenemos un incontestable doblete Ferrari, los 90 minutos de Gran Premio tampoco son el colmo de la emoción; tras ver las primeras vueltas, apagaríamos el televisor. En definitiva, tiene que haber incertidumbre. Para que una carrera sea recordada, con la mitad de vueltas disputadas todavía no habría de saberse quién va a ser el ganador. Y si la disyuntiva es entre más de dos pilotos, aún mejor. ¿Pero cómo puede lograrse eso? La Fórmula 1 es especialista en manejar cada vez más datos, precisamente con el objetivo de reducir ese “conjunto de cosas cuyo resultado no puede predecirse“. La opción más obvia es volver a ampliarlo. Un equipo ahora puede saber que su piloto, siguiendo una estrategia determinada, va a realizar una carrera en 1:31.10 con un margen de error de 5 segundos. ¿Qué pasaría si ese margen de error pasa a ser de 1 minuto? Pues que nadie sabría si va a ganarla o va a quedar fuera de los puntos. Por eso, más de una persona abogaba por soluciones que aumentaban la impredecibilidad. La más famosa era la de los aspersores aleatorios en los circuitos: antes de la carrera, Charlie Whiting jugaría una partida ficticia de ruleta en la cual una bolita determinase si llovería durante la carrera, en qué minuto lo haría, con cuánta intensidad y durante cuánto tiempo. Pero también estaba la primera remesa de neumáticos Pirelli, cuya degradación en sus primeras carreras era prácticamente desconocida y pillaba de sorpresa casi siempre a los equipos. Otra alternativa sería la siguiente: ¿y si en vez de aumentar el margen de error, igualamos a todos los participantes y que sea ese exiguo margen el que marque la diferencia? Si todas las combinaciones coche-piloto tuvieran el mismo potencial, el resultado del Gran Premio dependería de factores difusos como el estado de forma o los que escapen a la precisión del ser humano (frenar un centímetro más tarde o más pronto). Como ven, la dicotomía es parecida a la que planteábamos en los artículos en los que hablábamos de adelantamientos: o asumimos que hay que ser mucho más rápido que el coche de delante pero facilitamos que existan esas fases en la carrera (neumáticos nuevos, diferentes modos de consumo…), o reducimos la diferencia necesaria y aproximamos el potencial de los coches. En el fondo, el objetivo tanto del factor suerte como de los adelantamientos es el mismo: espectáculo.

Las luchas cerradas, en las que el factor máquina pierda importancia, aumentarán la influencia del azar y, por tanto, darán un resultado impredecible, algo que en la dosis justa gusta al aficionado.
(Fuente: F1fanatic.co.uk)

Sin embargo, hay que ser especialmente cuidadosos a la hora de legislar introduciendo elementos aleatorios. Y es que el máximo beneficio (social, económico…) se produce para un valor concreto de la pareja mérito-suerte: mucho del primero y tendremos aficionados aburridos; mucho del segundo y veremos el deporte como una pantomima. Pongamos algunos ejemplos. El juego de piedra-papel-tijeras es un claro caso de 0:100, donde está matemáticamente demostrado que el juego óptimo es aquel que reparte por igual las probabilidades de las tres opciones… y a la larga produce beneficio nulo. Obviamente, nunca habrá mil millones de personas siguiendo un campeonato al respecto. Por otro lado tenemos el póker, un juego 20:80 en el que el azar es importantísimo pero sólo a corto plazo. A la larga, basándonos en ese 20% de aportación del jugador, se puede conseguir un beneficio sostenido. Este juego sí mueve algo más de afición, y sobre todo dinero: con duro trabajo, es posible hacerse rico. La Fórmula 1, habida cuenta de que suele ser un deporte de eras que empiezan y acaban por lo general con los cambios grandes de normativa, no puede sino considerarse como un deporte 90:10. La parte mecánica siempre es menos impredecible que la humana, por lo que el azar es totalmente secundario. Tiene millones de aficionados, pero cada vez menos. Entonces, ¿dónde está el punto justo? ¿Lo tiene el fútbol? Antiguamente, la Copa de Europa era una competición demoledora: a sorteo puro desde primera ronda, podías encontrarte con el rival más duro en septiembre y decir adiós, mientras equipos peores que el tuyo tenían fortuna y llegaban hasta la final. Entonces los dirigentes se dieron cuenta de que más gente veía las fases finales si éstas las jugaban los equipos más famosos. Nacieron por tanto conceptos como “fase de grupos” o “cabezas de serie”, de tal forma que los grandes equipos no se veían las caras entre ellos hasta más avanzado el torneo, y “garantizándoles” una serie de partidos al principio, que aunque no sean espectaculares siempre suponen unos millones fijos. Ese aparente “apaño” se compensa con la propia naturaleza del fútbol: un deporte de marcadores cortísimos donde el pequeño puede arruinar a veces al grande y, en torneos como la Copa del Mundo o la Champions League (a 1 ó 2 partidos), ver cómo grandes nombres se van a casa de forma sorpresiva. ¿Cómo sería la F1 en ese supuesto óptimo? Pues un deporte en el que numerosas veces gane Mercedes, Ferrari o Red Bull… pero donde en todas las temporadas tuviéramos una o más victorias de otro equipo, un podio del peor coche, etc. Pero siempre, claro, sin pasarse y no correr el riesgo de que la competición se convierta en una farsa en la que hagas lo que hagas dependes de cómo caiga la bolita. Y es que a nadie le gusta invertir en algo donde su dinero se vea en manos del azar. Por eso nadie se hace millonario en el piedra-papel-tijera y muy difícilmente en un casino, pero sí invirtiendo en un deporte. Y la Fórmula 1 ha de ser lo suficientemente justa con los méritos para que una inversión inteligente sea recompensada, pero a su vez lo suficientemente aleatoria para mantener un factor fuera de control que aporte alternativas y espectáculo para un espectador que paga por ver algo que no sabe cómo va a acabar.

Las medidas que puede tomar la F1 para aumentar la influencia del azar sin pasarse son variadas. Ya hemos hablado de los aspersores, algo que seguramente se encuadre dentro del concepto de “pasarse”. Por otro, está el de reducir las diferencias entre coches y pilotos para que al final la última centésima, la que depende de cosas aleatorias, sea la importante. Pero ojo, ¡coches y pilotos! Si igualásemos sólo los coches, el mejor piloto ganaría siempre. Vale, el margen de error humano es mayor que el de la máquina, pero a la larga estaríamos en las mismas. Otra posibilidad es la de cambiar formatos de varias sesiones del Gran Premio: una clasificación a vuelta única haría menos predecible el domingo; una parrilla invertida será como el hándicap del golf, haciendo que los pequeños con ventaja y los grandes sin ella acaben el GP muy igualados y con adelantamientos a tutiplén; reducir la distancia del Gran Premio o promulgar el uso del Safety Car hará que las diferencias entre posiciones sean mínimas. Liberty Media trabaja en todas ellas, pero fundamentalmente en una con una visión mucho más amplia: el dinero. Si Mercedes tiene 5 veces más presupuesto que Sauber, Mercedes ganará el 99% del tiempo a Sauber. Si ambas tienen los mismos recursos, el reparto debería ser del 50:50, y si se desnivela que sea porque alguien lo merece. El objetivo, en todo caso, es igualar. Compensar. Y habiendo contrincantes nivelados, alea jacta est.

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One comment

  1. Francisco · febrero 9

    Gestionar el azar,… me suena a jugar a ser Dios, valga la exageración. Tampoco comparto las parrillas cambiadas, lastres y demás maniobras para penalizar al mejor. Dicho de otro modo, no me imagino a Usain Bolt con pesos en las zapatillas o un brazo atado.

    Tal vez el debate sobre el azar sea cómo crear un entorno en el que sea propicio a su aparición. ¿Haciendo 2 carreas por fin de semana pero más cortas? ¿modificando trazados de los circuitos? ¿con reglas que faciliten estratégicas diferentes? ¿reglas que permitan /valoren arriesgar tanto al piloto como al desarrollo/prestaciones de la máquina?

    No creo que la solución al problema actual en el que las reglas no facilitan la igualdad y competición, sea corregir los resultados de aplicar esas reglas porque no son los esperados. Es como hacerte trampas al solitario.

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